Al principio no nos lo creíamos. Era imposible. No podía estar pasando.

—¿A qué vienen esas caras? —La voz salía de la boca de la horrible calavera de cristal que había empezado a levitar delante de nuestras narices. No había truco: Ese cacho de vidrio nos hablaba, ¡hasta movía la mandíbula!—. ¿Se puede saber qué os pasa?

Cuando decidimos hacer la sesión de espiritismo, pensé en que sería genial decorar mi comedor para la ocasión. Puse un montón de velas, un mantel negro en la mesa y algunos adornos de Halloween, entre los que estaba ese siniestro cráneo. Ahora, mientras estábamos ahí de pie, cogidos de la mano, alrededor de mi tabla de oujia, ese trasto nos tenía en vilo.

María había estado nerviosa incluso antes de empezar, no le gustaba la idea de invocar al espíritu de su difunto marido y ahora solo quería largarse. Oscar se dio cuenta.

—No podemos romper el círculo, es peligroso —le susurró apretando su mano para tranquilizarla.

—Me importa una mierda el puñetero círculo. —La calavera la miró y el terror la dejó paralizada.

—¿Ya te quieres ir, cariño? —dijo el cráneo. Había algo familiar en su tono—. Pero si acabo de llegar…

Rubén nos miró sorprendido, no se podía creer que no nos diéramos cuenta.

—Chicos, ¿no lo veis? —dijo—. ¡Lo hemos conseguido! ¡Es Nacho!

El cráneo asintió mostrando una dantesca mueca que bien podía ser una sonrisa.

—¿Nacho? —María contenía las lágrimas como podía—. ¿De verdad eres tú?

—¿Quién demonios voy a ser, si no? —contestó la figura de cristal.

—Ahí está la cuestión —dije. Llevaba rato pensándolo— ¿Y si eres un demonio que se está haciendo pasar por nuestro amigo?

La inconfundible risa de Nacho rebotó por las paredes.

—Ay, Laurita... Tú siempre tan "conspiranóica". ¿Cómo te puedo demostrar que soy yo? —La calavera intentó, sin mucho éxito, arquear una ceja.

—¡Qué diga algo que solo sabría él! —gritó Rubén emocionado.

—No, no, ¡qué nos cuente cómo murió! —replicó Oscar.

—Chicos... —Suspiré irritada—. Habéis visto demasiadas películas. No seáis cutres. —Miré al cráneo con una sonrisa desafiante—. Nacho, cántanos algo.

—¿Hemos invocado a nuestro amigo muerto para hacerle cantar? —Rubén hablaba indignado.

María me miró, ella sabía por dónde iba. Su marido adoraba cantar, pero era un desastre. Yo nunca había escuchado a nadie interpretar tan mal. Su ineptitud era, de lejos, algo único e inimitable.

La calavera nos observó con lo que parecía ser ilusión en sus ojillos vacíos y empezó desentonado los primeros acordes de "Bohemian Rhapsody".

—“Is this the real life?”. —Ni a posta se podía afinar tan mal—. “Is this just fantasy?”. —No había dudas: Era Nacho.

Busqué los ojos de María, que asintió sonriendo.

—"Caught in a landslide". —Coreamos con él.

—"No escape from reality". —Se unieron Rubén y Oscar.

Enseguida mi salón se llenó de alegría, risotadas y horribles tonos desafinados. Fue una tarde extraña y maravillosa. La primera de muchas en las que ignoramos a la física y a la muerte; en las que perdimos el miedo; en las que descubrimos que, si queríamos, nada ni nadie nos detendría nunca.

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