¿Sabes? Todas las mujeres de mi familia poseen un don. Nuestra estirpe se remonta a los elfos, lo que nos convierte en marginadas en ambas razas. Por eso yo, renegué de la magia y dediqué mi vida a desarrollar artefactos; teletransportes, holografías… claramente inútiles ya que su función podría realizarla con un giro de mano cualquier hechicero.

¿Cuál es mi don te preguntas?

Visualízalo. Son las 23:59 y todos han olvidado mi cumpleaños, entre lágrimas, saco una magdalena que guardaba para una ocasión especial, es única, horneada con polvo de hadas. Le pongo una vela y cuando voy a pedir un deseo y soplarla, lo veo. Es una escena que sucedió miles de años atrás, un romano, no, un elfo, que muere bajo las flechas de una amazona que desciende de un dragón dorado.

Desquiciada apago la vela, deseando olvidar la muerte de aquel desconocido que, como siempre, me afecta de más. Pero con mi deseo algo cambia. Nuevas imágenes acuden a mi mente. La mujer desciende, de nuevo, pero no dispara sus saetas, se acerca a él y le besa. Y entonces veo la vida que él no habría debido tener; el amor, el hogar, los hijos…

La calma se apodera de mí y camino al más inútil de mis inventos. Una máquina del tiempo.

Desciendo del dragón, te miro, te beso y ante tu mirada estupefacta, retiro tu espada y comienzo a hablar.

“¿Sabes? Todas las mujeres de mi familia poseen un don…”

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