Al principio de ese día Darrow creía que iba a morir. Seguía en la carreta con aquellos hombres serios de túnicas grises. Darrow temblaba e intentaba no mantener la mirada con ninguno de ellos. Sus ojos lo hacían muy vulnerable. Eran violetas mientras que los ojos de los tres hombres eran de un color gris. Darrow había aprendido que en su aldea que tener aquel color era como gritar abiertamente que era superior a todos. Una sola mirada podía significar una amenaza.


— ¿Es él?. — Señaló uno de ellos.

— Sí, entramos en su casa y el muñeco andaba y gritaba. — Se bajó del carro y miro a Darrow —. Ya hemos llegado.


Darrow había vivido toda su vida en una humilde aldea. Eran gente de ojos de color marrón y ocasionalmente alguno con los ojos de color verde pero nunca un violeta. La gente sentía miedo. Sabían que esos ojos vaticinaban el peligro.


Con el color de los ojos venia implícitas ciertas habilidades: El color marrón a los aldeanos, el verde a los eruditos o sirvientes, los azules a los nobles y los grises a los soldados. Los ojos violetas eran de magos. Cuando Darrow se enfadaba una corriente de energía salvaje chisporroteaba por sus manos buscando ser canalizada. Su madre solía acariciarle los brazos para relajarlo.


Darrow era curioso. Nadie podía darle una explicación de que le pasaba y al final termino por experimentar el mismo. Explotaba piedras o se alzaba unos centímetros por encima del suelo. Al final fue detectado por los magos de Vulheim cuando logró darle vida a un muñeco de un soldado de madera. Entonces los buscadores llegaron y se llevaron al pequeño. Su madre lloraba de miedo y de pena.


Ahora se encontraba en la Universidad de la Guerra de Vulheim. Era un edificio de fachada gris con grandes pinchos que imitaban a una falange griega. Los hombres empujaron de manera rápida y brusca a Darrow por los pasillos haciéndolo entrar en una gran sala. En medio de aquella sala se encontraba una mujer de mediana edad, atractiva y con las uñas largas.


— Oh tu debes de ser el pequeño Darrow. — Ando hacia él. Sus ojos eran de un violeta más oscuro que el de Darrow. Sus caderas se contoneaban con suma seducción.


— Sí. — Miro a la mujer con cierta rabia y preocupación. Le habían arrancado su vida y a la gente que amaba.


— Vaya, parece que me odias. — Se giró dándole la espalda—. Te comprendo. Pero dejame decirte algo: Traeremos a tu madre y a quien quieras, te daremos una habitación, te enseñaremos a controlar tu poder. Te prometo poder sobre la vida y la muerte. A cambio solo quiero tu poder y que nos protejas cuando debas. — Se volvió y le ofreció la mano a Darrow para sellar el trato.


— Me parece bien. — Darrow estrecho su mano con decisión. En sus ojos ardía una intensa llama. En su boca había una sonrisa burlona.

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