—«Al principio era la Palabra…» —Samuel levantó la mirada del libro que sostenía entre manos—. Floren, no estás atento. 

El joven se encogió de hombros.

—Deberías saber ya que estos textos antiguos no van conmigo, maestro. —El joven esbozó media sonrisa y dio la vuelta al bolígrafo entre sus dedos—. Me apetece más ponerme a prueba en algo… práctico.

Lanzó el pequeño objeto hacia arriba («quieto») y lo dejó ahí flotando hasta que el hombre lo atrapó con brusquedad.

—Y tú deberías saber ya que para que tu poder no se descontrole tienes que formarte.

—No veo cómo esos libros —señaló la pila que tenían entre los dos sobre la mesa— van a ayudarme a usarlo.

Samuel devolvió la vista a las páginas.

—«Todo se hizo por ella. Lo que se hizo en ella era la vida» —leyó en voz muy alta para Floren no tuviera más remedio que escucharle—. Hay muchos modos de poder que no conoces. El poder divino, el poder de la naturaleza, el poder de las riquezas… Ni siquiera conoces al cien por cien el poder que tienes tú dentro, que también tuvo tu padre y tendrán tus hijos. Pero el más grande de todos es el poder de las palabras.

—¿Es eso lo que tratas de enseñarme hoy? —Resopló y se recostó en su sillón—. Solo quiero aprender a manejar el que yo tengo. Quiero que me sea útil. —Estiró una mano hacia uno de los libros («ven») y este levitó hacia ella—. Y de momento solo me sirve para levantar cosas en el aire. Ni siquiera demasiado pesadas.

—Mira, Floren, estoy cansado de discutir esto; pero te lo repetiré si así lo quieres. —El maestro se frotó los párpados con el índice y el pulgar—. Nadie sabe a ciencia cierta cómo funcionan los poderes que tenéis en tu familia. Por eso tenemos que probar distintos mecanismos.

El muchacho se frotó las manos y echó hacia delante el tronco.

—Muy bien, probemos.

Cogió el bolígrafo con dos dedos y se concentró. Frunció el ceño y los labios.

—Vida —dijo en voz alta.

El bolígrafo empezó a temblar y lo soltó asustado sobre la mesa. Este se mantuvo vertical. De ambos lados salieron dos líneas finísimas de color azul y en el capuchón aparecieron unas sombras como rasgos faciales. El bolígrafo parpadeó y fijó la mirada en Floren. Se quitó el capuchón como si fuera un sombrero. «Considerablemente raro si tenemos en cuenta que también es su cabeza», pensó el muchacho, fascinado.

El objeto animado escribió algo en la página del libro de Samuel. «Gracias, muchacho». Entonces saltó de la mesa y se perdió por debajo de las estanterías de la habitación.

Samuel y Floren intercambiaron una mirada, boquiabiertos.

—Creo que lo tenemos. —El hombre levantó las cejas.

—Yo también.

Rompieron a reír.


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