Al principio no dábamos crédito a lo que estábamos viendo. De encontrarnos solos, muy probablemente, nos hubiéramos tomado por locos. Pero no era así; nuestros cuatro ojos certificaban, sin la menor duda, que aquel libro estaba vivito y coleando.  

Por debajo le habían salido dos diminutas patitas, con las que daba tumbos sobre la mesa como un cervatillo recién nacido. Tras caerse, azaroso volvía a levantarse, ayudado por dos pequeñas manitas que le habían crecido a ambos lados de su estructura. El espectáculo era tan surrealista que resultaba hipnotizador. A mi lado, Abel, reía en voz baja. Su voz sonaba distorsionada e histriónica; como se reiría un loco dentro de un laberinto. Yo mantenía los ojos entornados y la boca abierta, en absoluta incredulidad, tapándola con mi mano, como si creyera que se me fuera a salir por ella lo que me quedaba de cordura. 

Cuando el libro se estabilizó, se acercó hasta el borde de la mesa, y pudimos comprobar que se trataba de una última edición de Rayuela. Aunque la tapa no tenía ojos, nos parecía que, de alguna manera, nos miraba, y que deseaba comunicarse con nosotros. Como si fuera un chicle, alargó el brazo que partía de su lomo y se abrió a sí mismo, de par en par, por las páginas 27 y 28. Con su otra mano señaló tres palabras inconexas que acabaron formando la siguiente frase: 

—"Hola", "Cómo", "Estáis". — Parecía que nos estuviera sonriendo. 

 Abel y yo nos miramos como si acabáramos de ver a La madre Teresa de Calcuta descuartizando un cadáver. Yo no supe que decir. Abel fue más locuaz: 

—Estamos flipando mucho. — Volvió a reír, feliz como un niño después de hablar con su juguete favorito.  

—"Sé", "extraño", "es". "No tengáis", "miedo". — Para poder trasmitir esto utilizo las páginas 70, 82, y 4. 

En ese momento conseguí salir de mi ensimismamiento, y me atreví a preguntar: 

—¿Qué quieres de nosotros? — Mi voz sonó quebradiza e irreal. 

El libro respondió como siempre, señalando palabras aleatorias con sus pequeños deditos:  

—"Traigo", "mensaje urgente", "vida o muerte". — Páginas 13 y 60. 

Abel y yo nos miramos con pavor, e inconscientemente,  nos alejamos unos pasos hacia atrás. El corazón me latía con fuerza. De pronto, entré en pánico: 

—¡Déjanos en paz! ¡No queremos saber nada! — Sentía que me dominaba un creciente impulso homicida. 

 Me acerqué corriendo hasta una estantería y alcancé unas cerillas de mis tiempos en que explotaba petardos. Estaba dispuesto a quemar aquel libro infernal llegado el momento. Antes de que pudiera hacer nada, la novela intervino: 

—"No hagáis", "debéis saber". — Páginas 81 y 39. 

Atemorizado, prendí un cerilla y la lancé contra el libro. Como se había mojado con restos de cerveza, Rayuela ardió de inmediato. La habitación se iluminó con el candor de las llamas. Nos quedamos, absortos, mirando el libro mientras se retorcía y se convertía en ceniza.  

   En ese justo instante vimos la luz. Nunca más volveríamos a tomar LSD en nuestra vida. 

 


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