Al principio la tuvo encerrada en un cuartucho con camastro, y sospechaba que su escaso alimento contenía algún tipo de tranquilizante, pues se encontraba más somnolienta de lo normal. Semanas más tarde la dejó salir para que almorzara en el comedor. Después se la permitió el acceso a otras partes de la casa. Con las ventanas tapiadas todas las estancias se alumbraban con velas y candiles. Las puertas estaban cerradas con llave y aquel monstruo solo las abría cuando era necesario. Una vez habían pasado los dos, echaba de nuevo el cierre.

—No hagas tonterías y todo irá bien —gruñó.

Ahora hacía las veces de esclava: cocinaba, limpiaba y atendía cualquier orden que viniera de aquella bestia. No estaba tan cansada como los primeros días, pero le costaba concentrarse. Llevaba meses haciéndose la dócil y pensaba que, casi con seguridad, se había ganado su confianza, aunque seguía medio drogada y no sabía si era por la comida o la bebida. Tenía que salir de allí como fuera. Nunca le había puesto un dedo encima, pero estaba convencida de que era cuestión de tiempo que aquello sucediera.

—Eres muy guapa. —Bajó la mirada—. Esta rosa es para ti.

Desde el primer día que entró en la biblioteca reparó en un libro de tamaño gigantesco, abierto sobre un atril. Aquella tarde no pudo reprimir su curiosidad.

—Es precioso. ¿Qué es? —Su captor la ignoró y se sentó cerca de la chimenea a leer.

En un descuido de aquel animal agarró uno de los atizadores y golpeó su cabeza. Cayó al suelo de madera con estruendo, inconsciente. Ya solo quedaba correr.

—Menudo genio —piropeó una voz.

—¿Quién está ahí? —Con los ojos abiertos de par en par inspeccionó el cuarto.

—Tranquila, bella. Estoy aquí, sobre la mesa.

—¿Eres un… candelabro? —La chica se acercó al origen de la voz, que de repente tenía facciones humanas.

Oui. —Hizo una reverencia—. Estábamos ansiosos porque alguien plantara cara a este bruto.

—¿Estabais? ¿Qué quieres decir? —La chica bajó su arma improvisada.

—Que no eres la primera a la que secuestra. —Alzó las cejas. Según avanzaba la conversación el objeto parecía más expresivo—. Yo fui un tiempo su criado, como la taza mellada de la cocina. ¿Ves ese reloj regordete, sobre la chimenea? Él fue el primero.

—No entiendo. —La cabeza le daba vueltas.

—Cuando se cansaba de nosotros nos convertía en cosas. Ese mamotreto es un tratado de magia. —Miró al enorme libro arrugando la nariz.

—¿Tienes nariz? —Agitó la cabeza—. Quiero decir, que no lo sabía. Lo del libro. Perdona, pero tengo que salir de aquí.

—¡Por supuesto! Aunque podías hacernos un favor. ¿Qué tal si nos tiras al suelo? —Sonrió con todos sus dientes—. A todas las velas, candiles y candelabros. Queremos dar una lección al grandullón. —Guiñó un ojo.

La vieja mansión de las afueras ardió en pocas horas. La joven desaparecida cinco meses atrás fue encontrada cerca de allí, mientras tarareaba la canción de una película Disney.

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