Al principio intentó ignorar los mensajes de Magnus, pero su antiguo mentor no dejaba de insistir en que existían evidencias preocupantes. Así que, por mucho que deseara mirar hacia otro lado, Lea no tuvo más remedio que visitar el torreón del hechicero.

—Siento alejaros de vuestras obligaciones, Eminencia —Magnus también miraba al espejo a través del que observaban al niño, que jugaba en otra habitación—, pero ya no sé qué hacer.

—La verdad es que lo que me has contado no parece grave. —Al menos no lo suficiente como para obligarla a enfrentarse a sus fantasmas.

—Puede que no me haya explicado bien. —Frunció el ceño pensativo—. Quizá no es lo que hace, sino cómo lo hace.

Sus palabras no le aclaraban gran cosa. Siguió mirando al niño, que cogió un muñeco con forma de perro. Era pequeño y tosco, pero lo sostuvo en la mano como si fuera el más bonito del mundo. Viéndole así, parecía un chiquillo normal y corriente, hasta que acercó el juguete a su carita y sopló suavemente sobre él. Un momento después, el perro saltaba desde su mano hasta el suelo para continuar brincando con torpeza. Lea abrió los ojos asombrada. Una magia así solo se conseguía después de años de estudio, y para aquella criatura parecía casi tan sencillo como respirar.

El animalillo de felpa corría entre divertidas cabriolas, pero la sonrisa del niño se borraba. Su rostro se ensombreció antes de atraparlo y despedazarlo con un brillo de deleite en los ojos impropio de su edad.

—Como os decía, Eminencia, no es el qué sino el cómo lo que me preocupa. —Magnus miraba al suelo pesaroso—. Pronto será demasiado poderoso y no podré controlarlo. Debe estar a vuestro lado, sois la única que podría actuar llegado el momento.

Lea asintió en silencio. Había llegado la hora de hacerse cargo de su decisión. No había podido matar a su sobrino cuando era un bebé recién nacido, pero tampoco soportaba tenerlo cerca. Orbitó hasta la estancia en la que se encontraba el pequeño, que no se sorprendió al verla aparecer.

—Soy Lea, tu tía. —Al mirarle descubrió en él la huella de su hermana y del nigromante. Quizá era más profunda de lo que pensaba—. He venido para llevarte conmigo.

—Qué casualidad, yo también. —Reconoció al instante la voz que creía perdida. Ella la había matado, los había matado a los dos para acabar con la oscuridad con la iban a asolar su mundo—. El niño nunca tuvo ninguna oportunidad, fue sencillo expulsar su espíritu y hacerme con su cuerpo cuando aún estaba en mi vientre. —Lea sintió una punzada de dolor por el pequeño no nacido—. Pero debo reconocer que me ha costado bastante atraer tu atención y hacerte venir. —Empujada por la lástima y la culpa, había caído en la trampa. Lejos de su palacio y sin protección, no tuvo tiempo de reaccionar antes de que soplara de nuevo y le arrebatara la vida—. Adiós, hermana.

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