Al principio, nadie dijo una sola palabra. Era como si todo el aire de la cavernosa sala hubiese sido absorbido durante el ritual y a ninguno de los practicantes le quedase aliento en los pulmones. En el suelo de piedra, negro en la penumbra, los glifos humeaban y crujían debido al brusco cambio de temperatura. El infierno era el frío, como decía siempre el decano en la ceremonia que daba comienzo a cada curso.

—¿H-hh-ha funcionado? —El sudor se derramaba lentamente por la nariz del pequeño matemago que, definitivamente, no quería estar ahí. Malditos trabajos en grupo—. No veo nada.

—Clint, límpiate las gafas. —Sarai se retiró el cabello con un aspaviento. El proceso se había comido toda su energía y ni siquiera había salido bien—. Vamos a suspender.

—A mí no me miréis.

Si había sido culpa de alguien, no cabía duda de que Lane tenía todas las papeletas. Hasta él lo sabía y por eso alzaba las manos manchadas de rojo y verde sobre su cabezota. Como si fuera a engañar a alguien.

—¿Quién decidió que el siete de agosto era una fecha estupenda para conjurar demonios con esencia de pino y grosellas? —La chica cayó tan despacio que casi parecía elegido y no fruto del cansancio. Elegante ante todo, Sarai Cortés—. ¿Quién, Lane?

—¡¡Me gusta la Navidad!! ¿Qué culpa tengo yo de que me hicierais caso? —Su teléfono móvil empezó a repicar desde algún escondrijo de la túnica y no ayudó precisamente a probar su inocencia—. ¡Venga ya! Solo quería innovar.

—Yo sí que te voy a innovar la cara.

—¡Sarai! —Si se habían olvidado de Clint, nunca lo admitirían. Sus ojitos de búho eran tan cómicos que los otros dos rompieron a reír—. ¡Pero bueno!

—Eso digo yo. Pero bueno. —Sarai intentó ponerse en pie y Lane le echó una mano muy sucia pero bienvenida. Nunca les duraba la guerra, aunque estallase a menudo—. Vamos a limpiar antes de que los bedeles nos echen un mal de ojo y con toda la razón del mundo.

Los estudiantes se afanaron en recoger los materiales, limpiar el suelo sacrificial y los instrumentos y apagar todas y cada una de las velas. Había una corriente que abogaba por el uso de leds pero, si querían aprobar con el profe de Fundamentos, tenían que seguir las viejas reglas. Aunque ya poco importaba. Estaban más que suspensos. El teléfono de Lane aún pitaba y vibraba como un salvaje.

—… ¿chicos? —En su mano, el móvil danza sin mostrar identidad o número en la pantalla. Tan solo, restos de los materiales de conjuración. Y copitos de escarcha que iban extendiéndose por su superficie—. ¿Qué mierda es esto?

—Cógelo.

—¿Cómo lo voy a…?

—Alguien, claramente, quiere hablar con nosotros.

Imbuida con un nuevo impulso, Sarai le arrebató el aparato y descolgó. Le brillaban los ojos.

—¡MALDITOS HUMANOS ESTÚPIDOS! ¡¡¡EXIJO MI INMEDIATA LIBERACIÓN!!! ¡¡¡AHORA!!!

Bueno, bueno, bueno. Con un poco de suerte, ni suspendían.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.