—Al principio no se comportaba así. —El técnico de laboratorio hacía girar un bolígrafo entre sus dedos de manera mecánica sin levantar la vista de los documentos que estaba consultando—. No entiendo qué ha podido pasar.

—Para eso estoy yo aquí —dijo el hombre de gris—, para averiguarlo. —Permaneció inmóvil, apoyando ambas manos sobre la cabeza de su bastón, a medio camino entre la mesa del técnico y la puerta de acceso a las celdas.

Tras unos segundos de incómodo silencio el técnico levantó la vista. De primeras no pareció entender el lenguaje no verbal del enjuto señor de gris, pero al momento alzó la cejas y entreabrió la boca.

—Ah, disculpe —deslizó una mano bajo la mesa buscando a tientas el botón de apertura de la puerta—, le abro.

—Gracias. —Asió con el pulgar y el índice el ala de su sombrero gris a modo de reverencia, pero su gesto denotaba hastío—. No, no se levante —alzó una huesuda mano—, conozco perfectamente el camino.

El técnico se dejó caer en su silla. Estaba como hechizado. Le habían hablado de aquel siniestro hombre, pero no pensaba que su mirada reptiliana le helaría la sangre de esa manera.

El pasillo que llevaba a las celdas rezumaba humedad entre sus piedras recubiertas de verdina. El hombre que lo atravesaba, sin embargo, era aún más sombrío. Al llegar a la última puerta se detuvo ante ella. Miro a la cámara de seguridad que había instalada en la esquina y volvió a esperar apoyado sobre su bastón. Entonces sonó un chasquido y la puerta se entreabrió un poco. El hombre la atravesó y desapareció entre las sombras del otro lado.

—Sabía que te enviarían si me negaba a seguirles el juego. —Una luz fluorescente parpadeo un par de veces y después descubrió a un hombre sujeto con cadenas a la pared del fondo de la celda—. ¿Qué tal va todo al otro lado?

—La libertad está sobrevalorada. Sobre todo para personas como nosotros. —El hombre de gris suavizó el gesto ante el recluso y hasta parecía cordial—. Pero, desde luego, negarse a hacer lo que te piden no es el camino para salir de aquí.

—Tú siempre has sido más sumiso. Les eres más valioso fuera que dentro. A mí no pueden controlarme y jamás me dejarán salir de aquí. Pero tú puedes ayudarme.

—No sé cómo podría hacerlo.

—Mira lo que he aprendido a hacer.

El recluso cerró los ojos. Entonces la pared comenzó a moverse, formándose un rostro en ella. A través de su boca se podía entrever un portal a otra dimensión.

—No tenéis mucho tiempo, debéis marcharos ya. —La voz de la pared parlante era áspera y rocosa.

—¿A dónde lleva? —dijo el hombre de gris.

—A un mundo donde no hay cárceles ni carceleros. —Alzó las manos encadenadas hacia él—. ¿Qué me dices?

El hombre de gris alzó una mano y congeló los grilletes rompiéndose estos en mil pedazos. Ambos hombres atravesaron el portal y desaparecieron para siempre.

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