“Vamos, vamos, no seas pusilánime, cava, cava”. Me miró desde el hoyo, con dificultad, entrecerrando sus ojos debido a la lluvia que caía profusamente sobre él. Era tan lamentable. El gorro de gamuza negra se aplastaba contra la tosca cara picada por la viruela. Sus labios regordetes se fruncieron con desagrado. “Vaya mierda, Morceaux”. “Conde Morceaux”, le corregí. En sus oscuros ojos, puntuados por gruesas cejas negras, atisbaba codicia. Apoyé mi mano en la estela borrada que presidía la tumba: “Te cubro con el paraguas. Las joyas están ahí”. Era una manera de hablar, pues no hice ni el menor esfuerzo por taparlo. 

Una palada de limo salió disparada fuera del agujero.

“Fou” le dije. El matón se giró, dejando su podrida dentadura al aire en un rictus inquisidor. Continué: “Deberías ensanchar el agujero, más hacia aquí, junto a la estela”. Le señalé con el dedo. “¿Te crees que voy a cavarla completamente?”. Limpie mi cara con el pañuelo de encaje. “Pues claro. ¿Cómo si no esperas encontrar las joyas?”. Fou se apoyó en la pala, estaba cansado, empapado de agua, aterido de frío. Me miró dudando. Insistí “Te lo he contado, la historia del cementerio familiar… ¿¡Cómo diablos quieres desenterrar el ataúd!?”. La camisa se le pegaba al velludo pecho. Jadeaba. “Estoy harto, si toco madera, me ocuparé del resto”. No le respondí. Parecía que iba a reanudar la faena cuando se giró. “¿Y por qué no cavas tu un poco? Por muy enclenque que seas, alguna palada podrás ahorrarme”. Le sonreí despreciativamente. Hacía no muchos años, incluso alguien tan abyecto como Fou hubiese respetado a una persona de mi clase. Entonces, una mente cultivada y conocedora del mundo era digna de respeto. “Me temo que ese no era nuestro trato”. Tras unos segundos de duda, reanudó pesadamente la excavación al tiempo que decía: “Más te vale, conde, que tu bisabuela esté aquí abajo con sus joyas, si no, te va a doler”. Y me dolía. Tener que valerme de aquella sabandija. Un matón conocido en un tugurio infecto. Dejé caer la cuenta de vidrio de mi mano. Emití un gemido: “¿Qué es eso?”. Fou se retorció ansioso “¿Qué? ¿¡Qué!?” Estaba agotado, bien se le veía, pese a su constitución fornida y temible. Se giró con lentitud, torpemente. Le insistí: “Ahí”. Los ojillos de Fou se fijaron en el cristal. Soltó un alarido de sorpresa, y con un quejido se agachó para cogerlo. Lo miró con una sonrisa, lo acarició mientras el agua de la lluvia lo hacía brillar. Se rió. Estaba tan cansado. Tan feliz con la joya. Empujé la estela en dos golpes. Su cara de horror no fue acompañada por su cuerpo exhausto. Le rompió el cráneo.  

Inspeccione su ropa infecta colgada de un arbusto. Encontré su saquito de monedas para sobornar al supuesto vigilante y la temible navaja de plata con cachas de nacar. Debía pensar otra historia, algún día notarían la cantidad de tumbas recientes que había en un cementerio abandonado.

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