Llovía. Llevaba lloviendo durante meses. De hecho, no recordaba ya mi infancia, ni la adolescencia ni tampoco los primeros años de la temprana madurez sin la sempiterna presencia de la lluvia. Siempre había estado allí, calando hasta el tuétano, como una espesa cortina que impedía ver el mundo con otros ojos. Y como no podía ser de otra manera, llovía también cuando llegué al cementerio

.

Si era por la mañana o por la tarde no acierto a recordarlo, porque el sol apenas brillaba tras las fantasmagóricas nubes de plata que cubrían el horizonte. ¡Qué ambiente tan ominoso, tan denso, tan premonitorio! Pues no llegaba siquiera a imaginar que aquel mismo día entraría en contacto por primera y última vez con las más siniestras capas de la humanidad. Que entraría a formar parte del infame club de ladrones, narcotraficantes, extorsionadores y asesinos que tan a menudo protagonizaban las historias más truculentas que pueda uno llegar a escuchar. Un club del que no había salida.

Me refugié en el único edificio que se erguía en el camposanto. La oscuridad me impedía divisar todo aquello más allá de mis propias manos, pero afortunadamente logré tantear mi camino hacia el interior de aquella diminuta capilla. Un Jesucristo crucificado me miraba inquisitivamente desde la pared del fondo, como juzgando de antemano los pecados que estaba a punto de cometer. Me santigüé. Padre nuestro que estás en los cielos. Y temblando, quedé arrodillado ante el altar, escuchando nada más que el constante rumor de la lluvia y el eco de mis respiraciones.

Ignoro cuanto tiempo estuve en aquel estado catatónico, pero sí recuerdo haber despertado del trance al escuchar unas voces. Había alguien ahí fuera y, pobre de mí, la curiosidad venció a la cautela. Al salir pude distinguir, diez tumbas más allá, dos figuras que arrastraban a un hombre por el suelo. Por algún inexplicable impulso dirigí mis pasos hacia aquellos tipos y cuando me acerqué lo suficiente pude apreciar los impecables trajes que vestían, luciendo resplandecientes incluso bajo la lluvia. También pude ver a aquel pobre infeliz, agazapado en el suelo junto al hoyo recién excavado.

Se acabó, José Manuel, ahora sabrás qué les ocurre a aquellos que le faltan el respeto al patrón. El hombre del suelo gemía de una forma tan lastimera que no pude evitar dar un sonoro respingo. ¿Quién anda ahí? Las luces de las linternas me dejaron completamente ciego; el cañón de sus pistolas, mudo. Perdí entonces la noción de la realidad, aterrorizado como estaba. ¿Qué hacemos con él? Lo ha visto todo, decían. No, por favor, no diré nada. No me maten. Se tomaron su tiempo. Que lo haga él entonces, no hay compadre más silencioso que el cómplice.

Recuerdo los gritos del condenado, mi mano aferrada al revólver y cerrar los ojos intentando ignorar sus súplicas. Recuerdo el fogonazo que iluminó la noche y ensordeció mi alma. Jamás podré olvidarle. Agazapado, ensangrentado, en aquel agujero excavado en la tierra.

Él, asesinado. Y yo, asesino.


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