Me aseguro de que no queda ningún vivo cerca antes de asomarme detrás de la losa. Debido al torrente de agua que los cielos descargan desde esta mañana, hoy no hemos tenido muchas visitas.

—Sabes que no pueden verte. —Fabián está apoyado en su lápida, como todos los atardeceres.

—Siempre hay una primera vez para todo y prefiero evitar que alguien me reconozca. —Tomo asiento sobre la mía.

Él levanta una ceja.

—Convertiría todo esto —despliego los brazos— en un lugar de culto, en un altar, en un memorial para Tomás el de los Poemas. Y no quiero causaros molestias a mis compañeros de cementerio.

Fabián observa los cipreses zarandeados por el temporal y suelta una carcajada.

—¿Ese título es nuevo?

—No te sorprendería si hubieras prestado atención a las historias que te cuento cada noche. —Resoplo.

—¿Cuál será hoy? —Fabián muestra tan poco interés como siempre; sospecho que me escucha por puro aburrimiento.

Hincho el pecho antes de comenzar. He de reconocer que hay tantos sucesos en mi vida que me cuesta elegir.

—¿Te he contado la hazaña que me dio el nombre de Tomás el Inmune?

Mi oyente se encoge de hombros y extiende una mano, como si pudiera recoger las gotas. Es un romántico.

—Te sorprenderá saber que sobreviví al veneno de la salamandra de los confines.

—¿Qué diantres es eso, Tomás?

—Es una especie que habita en las llanuras de la Península Blanca, el lugar más alejado del mapa.

—Nunca he estado allí.

Reprimo las ganas de gritarle. ¡Pues claro que no ha estado allí! Su vida no tuvo nada que ver con la mía, nunca salió de la provincia.

—Pues yo sí y te puedo asegurar que es un lugar escalofriante. Allí todo es nieve, roca y constantes peligros. Los pocos que consiguen volver tienen marcas en sus cuerpos que les recuerdan su viaje.

—Qué bien que tú no tengas nada de eso. Solo te dejó un poco perturbado.

—Es que yo fui preparado. Sabía a qué me enfrentaba. Me adentré en esa tierra por el encargo de un señor de la guerra, pues necesitaba que le llenara unos frascos con el veneno de la salamandra de los confines.

—¿Y lo conseguiste? —Ignoro su sonrisa ladeada.

—Tuve que hacerlo. Me llevó dos meses toparme con uno de esos seres. Parecen salamandras vulgares, pero a lo largo de su cuerpo poseen unas glándulas blancas que rezuman veneno cuando perciben peligro. Resulta letal tan solo respirarlo y, si lo tocas, te corroe hasta el hueso y se transporta por las venas hasta matarte. —Me estremezco—. Iba pertrechado con unos guantes especiales y pude conseguir ese líquido después de matar a la criatura con un dardo directo al corazón.

—Entonces no eras inmune. El veneno ni siquiera te tocó.

—Las gentes siempre visten con las más hermosas condecoraciones a sus héroes. Gracias a esos frascos, el señor de la guerra triunfó.

—Y todo para acabar aquí enterrado… Tomás el Inmune, todas las noches me sorprendes.


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