Era media noche, empezaba a llover, y me encontraba agazapado tras una lápida. Me habían asaltado cuatro tipos y, habiéndome zafado de ellos, corrí a esconderme en el primer lugar que me pareció seguro: en este caso el cementerio de mi barrio.  

Permanecí inmóvil en mi escondite, por lo menos, veinte minutos largos. No sé si aquellos tipos me siguieron o se quedaron allí plantados donde les dejé; jamás volví a verlos en mi vida. Un trueno me sacó del estado mental en el que me encontraba. A continuación un rayo iluminó gran parte del cementerio. Comenzó a llover torrencialmente. Salí de mi escondrijo, y me puse la capucha del abrigo. No me hacía ninguna gracia estar en un cementerio a esas horas, pero menos aún saltar la verja y toparme de nuevo con mis asaltantes. Decidí cruzar el cementerio y buscar una salida al otro lado de la manzana. 

Apenas había dado diez pasos cuando escuché algo extraño entre las sombras. Me refugié tras un árbol y entonces lo vi. Fue aterrador. 

Bajo la lluvia intensa, apartando unos arbustos altos, apareció un ser demencial. Debía medir más de tres metros. Su piel negruzca, recubierta de gusanos, se adhería a sus huesos de tal forma que parecía que no hubiera nada dentro de sus entrañas. Las cuencas de sus ojos estaban vacías, y su dentadura, podrida y disforme, afilada como la de un tiburón. Caminaba despacio y encorvado apoyándose sobre los nudillos de sus manos; lo hacía sin dificultad ya que sus brazos eran extremadamente largos. Se acercó hasta una tumba que estaba a unos diez o quince metros de donde me encontraba, y la arrancó de cuajo lanzándola por los aires. Durante un rato estuvo escarbando en la tierra hasta que, según pude comprobar, encontró lo que buscaba. Yo seguía agazapado, con los ojos como platos, intentando procesar aquel esperpento. La lluvia había formado pequeños riachuelos que, serpenteantes, se iban colando por el agujero abierto por el monstruo. La noche parecía oscurecerse por momentos. Aquel ser, sacó el cadáver de una mujer y, como si fuera un muñeco, se lo echó al hombro. Dio media vuelta y, tal y como había llegado, envuelto por la lluvia torrencial, desapareció entre las sombras.  

Tardé más de cinco minutos en mover un músculo. En cuanto me fue posible, corrí hacia la entrada por donde había llegado y, sin preocuparme lo más mínimo el poder encontrarme con mis asaltantes, me fui a mi casa y me encerré durante días.  

 

Comenzaban a caer las primeras gotas de una tormenta que parecía inminente. El enterrador acababa de terminar de contar su historia. Los chavales, como siempre, le habían escuchado muy atentos. Sonrientes, se despidieron de él con un fuerte apretón de manos. Cruzaban la gran puerta del cementerio deseando que llegara el próximo miércoles para escuchar una nueva historia del cementerio que volviera a hechizarles. 

El enterrador se ajustó el chubasquero, soltó una pequeña risita de autocomplacencia, y regresó a sus quehaceres. 

  


Comentarios
  • 1 comentario
  • Diego Camino @DiegoCamino hace 5 meses

    No entiendo porque se me quita puntuación por no cumplir 4 requisitos, no tiene ningún sentido. Supongo que estará mal puesto ya que son tres requisitos. Lo de pícaro debe ser que no lo entiendo bien. Tampoco estoy de acuerdo con que no llueve todo el rato. Si yo digo "está empezando a llover" es que ya cae lluvia. Durante todo el relato cae lluvia.


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