—No deberíamos estar aquí —dice uno de los dos adolescentes que recorren el cementerio.

—Es el camino más corto —responde el otro, subiéndose la capucha del abrigo para protegerse de la lluvia—. Haber traído un paraguas.

—Haberlo traído tú.

El primer muchacho tiene razón. No deberían estar aquí. Una lástima… para ellos. Les sigo escondiéndome entre las tumbas. Es muy sencillo, no se dan cuenta de nada. Podría atraparles incluso con los ojos vendados, por algo soy el mejor cazador del clan.

Me recuerdan a cuando atrapé a un equipo de fútbol. Eran adolescentes borrachos interesados en beber y ligar, que no se dieron cuenta de que un vampiro les acechaba. Tuvimos sangre para casi una semana gracias a esa cacería.

No es por presumir, pero fue habilidad y no suerte. Lo primero solo es para los mejores, lo segundo puede tenerlo cualquiera y no te garantiza la supervivencia. Si no fuese por mi habilidad, alguno de los otros vampiros del clan hubiera muerto de hambre. El torpe de Rasuv se tiró todo un mes sin cazar a nadie. Se habría desecado de no ser por mí. Fue uno más de mis éxitos.

Veo una tumba con una escultura enorme de un ángel. Puedo pillarles desprevenidos si me subo encima. Entre el ruido que hacen y la lluvia, no me oyen cuando les adelanto. Trepo y me preparo para atacar.

—¿Crees que es verdad lo del monstruo?

—¿En serio te crees eso, tío? —se burla el muchacho de la capucha.

—A mi madre no le gusta…

No dejo que termine la frase. Salto sobre ellos con los colmillos listos para morder. Aterrizo sobre uno tirándole al suelo. Un fuerte tirón en el tobillo me hace perder el equilibrio cuando voy a saltar a por el otro. Caigo de bruces con los brazos extendidos.

—¡Dale fuerte Simo, que solo es un pirado! —grita su amigo, aferrándose a mi pierna con más fuerza.

El chico ni se lo piensa. Echa el brazo hacia atrás y su puño impacta contra mi mandíbula. El golpe consigue atontarme por unos segundos en los que se me echan los dos encima.

Podría apartarlos con facilidad pero no quiero hacerles más daño del necesario. Necesito llevárselos al clan. Una sombra nos sobrevuela y cae a poca distancia de nosotros. Le distingo antes que los chavales. Es Andrei, otro de los cazadores del clan, uno de esos que tienen más suerte de la que se merecen.

En apenas unos segundos les rompe el cuello a los dos.

—De nada por la ayuda.

—Lo tenía controlado —protesto, furioso porque me los haya arrebatado.

Me mira de arriba abajo y suelta una risita despectiva.

—Ya te gustaría, Jonathan —responde en tono condescendiente—. No te preocupes, puedes quedarte con el pequeño, así no pasarás hambre también esta semana.

Se marcha silbando sin preocuparse, pisoteando mi orgullo mientras se lleva el otro cuerpo y el mérito por atrapar a dos presas a la vez.


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