Traerlos a un cementerio ha sido una genial idea mía. No fue fácil convencer al Capo de lo apropiado del lugar. Nadie con dos dedos de frente quiere acercarse a una cripta de noche. Y menos lloviendo, como lleva todo el santo día y aún ahora de noche. Y digo santo y me rio solo. Callo, debo ser precavido, esta gente tiene malas pulgas y mi trabajo ha de ser meticuloso, por una vez en mi vida, o ya sé dónde voy a dormir de ahora en adelante.

El Capo me mira de reojo y sonríe. La mala leche que gasta el muy mamón es legendaria, él va armado cuando todo el mundo ha dejado sus herramientas en los vehículos, fuera del cementerio. Excepto el Bronco y yo, los que vigilamos la puerta del nicho.

Ocho blancos con veinte balas.

Nada saldrá mal. Si bien les he hecho creer que he contactado, para cubrirnos, a dos amigos de los Balcanes ya que me debían un favor de cuando anduve por Zagreb, haciendo unos trabajillos personales en el mercado central. Pero yo tengo otro plan. La cosa es que, con su ayudita a un menda, nadie saldrá con vida de la cripta y con ellos formaré una nueva familia, una vez demos por terminada la fiesta. Nos tocará a repartir entre menos, hay mucha pasta ahora, entre la mesa y los bolsillos de algunas chaquetas.

Suena mi móvil. ¡Sus muertos! Es un mensaje de los mamones del Báltico, diciéndome que se largan. Hay que fastidiarse los muy joputas. Bueno, a mi jefe le he dicho que vigilan por el exterior de la cripta. Y parece que me ha creído, añadiendo que era buena idea, tras darme unas palmaditas amistosas en la espalda.

Curiosamente, ahora se levanta de la partida el matón más cabronazo y jodido de la ciudad, con quién tuve un rifirrafe hace unos días en un lio de faldas inoportuno. Juró hacérmelo pagar y presiento que el Capo le da cancha, cuando siento al Bronco quitándome la pistola.

El cara mandril del lio se acerca tanto que me inunda con su fétido aliento. Me pregunta por qué no rio ahora, y luego suelta que si ya sé por dónde andan esos amigos míos. Los de los Balcanes, insiste. Como lo sabe el cabrón, no lo sé, pero sintiendo su mano en mi garganta y la frialdad de un metal desconocido, tengo claro que mis minutos están contados y que es el rastrero del Capo quien quiere deshacerse de mí.

Entiendo por qué la idea de la partida en el cementerio la encontró tan acertada. Pensé que al fin había captado mi sentido del humor, lástima que no haya confiado en mis planes. Una verdadera pena. Hubiera sido su mano derecha sin dudarlo.

Empiezo a sentir el acero que se introduce en mi pescuezo, y bajo la calidez de un reguero de sangre que me empapa, se difumina mi campo de visión.


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