Apenas nos conocemos. Aunque intento recordarlas, no soy capaz de saber con seguridad las veces que nos hemos visto. ¿Dos? ¿Tres, quizá? No lo sé, pero cuando estoy con ella pierdo la noción del tiempo. Es un sentimiento estúpido, y más para un hombre como yo.

Tengo una casa impresionante en el centro de la ciudad. Podría permitirme tener otra mejor pero con esta me conformo. Trabajo por diversión, por aquello de mantener la mente ocupada. Lo cierto es que el dinero no me hace falta. Además, soy bastante bueno en lo que hago. Podría optar a un puesto de alta dirección por mis más que probadas aptitudes pero no aguanto a esa panda de lameculos. He cambiado de coche hace poco por un híbrido último modelo, con carácter deportivo y personalidad de líder. Como yo, que soy un gran deportista y un tipo de lo más carismático. Amo mi coche y lo cuido como al hijo que no tengo por falta de ganas, no de oportunidades. La gente se para en seco cuando me ven pasar y yo miro sus caras boquiabiertas a través de la ventanilla tintada, como no podía ser menos.

Pero ahora soy yo quien se para en seco cada vez que la veo. Es más joven que yo, aunque para la edad que tengo me conservo bastante bien. Tiene el pelo rubio y tan largo como el de aquella princesa que dejaba caer la trenza desde la ventana de su torre, y los ojos oscuros como las nubes que vuelan sobre nuestras cabezas en esta tarde de lluvia y nos acompañan en nuestro tranquilo paseo. Compartimos la extraña afición de caminar juntos en días como estos, sin importarnos el barro que se acumule en las suelas de los zapatos. Ella me regala su sonrisa; yo, la tela del paraguas y mi grata compañía. A pesar de mi fama de donjuán, en el fondo soy un romántico.

Caminamos entre el silencio, a pesar de estar rodeados de curiosos que nos miran al pasar con esa extraña quietud que no incomoda. Con este frío que recorre mi cuerpo y esta ausencia de prisa por marcharme. A vece me cuenta historias sobre personas que conoce o ha conocido alguna vez. La verdad es que me importan muy poco, pues sus vidas no son tan interesantes como la mía y no despiertan mi interés. En cambio, podría pasarme una eternidad escuchándola.

Habla despacio, con voz queda y entre susurros, para no molestar; y ese tono dulce y delicado que parece pedir permiso antes de pronunciar cada sílaba. Eso le hace parecer más joven, incluso. Por eso dudo que conozca a tanta gente como dice.

—¿Puedo preguntarte algo? —digo con miedo de encontrarme con sus ojos y claudicar—. ¿No te da miedo pasear por el cementerio?

—Ya no. —Me sonríe. Estoy perdido—. Cuando estaba viva, sí.

—Me ocurre lo mismo —respondo y siento un gran placer al sentirme comprendido.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    Estaba curioseando por los relatos "románticos" y me llamó la atención el tuyo, elegido en esta prueba en concreto, así que me puse a leer. Es interesante la idea.
    No entiendo muy bien quién es él, cómo escritora le das casi todo el relato hablando de si mismo, pero no acabo de entender como encaja con el final toda este largo soliloquio.


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