La lluvia goteaba por el ala demasiado corta de su sombrero, que no llegaba a cubrirle del todo los ojos. Se encogió, en parte por el frío y en parte por la pena que todos sabíamos que sentía. Verlo me apenó. El señor Ozáez lo debía de estar pasando muy, muy mal. Lo seguí observando a unos pocos metros, intentando reunir valor para ofrecerle mi paraguas, pero la escena era demasiado triste y no era capaz de romper el silencio. Frente a nosotros, la lápida recién colocada resultaba tan triste como el resto de la escena.

Al cabo de unos minutos, reuní el valor para acercarme.

-Va usted a enfermar, señor Ozáez. -Él no se inmutó, sino que siguió mirando fijamente el nombre escrito en la tumba, ignorando el agua que comenzaba a calar a través de su chaqueta-. Por favor, venga conmigo a mi casa. Le daremos ropa seca.

-¿Viste a Ana en el funeral, Jorge? -inquirió, ignorando mi súplica. Su voz temblaba cuando continuó-. Solo le faltó ir dando saltitos hasta el ataúd. ¿La viste, con su cara de póquer? No pudo ni fingir. -Hizo una pausa, pero yo no encontré palabras con las que llenarla. La pena que el señor Ozáez sentía era demasiado grande. Yo le admiraba mucho, y no soportaba verlo tan derrotado. Se encogió aún más y se giró hacia mí con una expresión llena de amargura-. Me odio por pensarlo, me odio... Pero ella ahora es libre y tiene dinero para vivir sin preocupaciones el resto de su vida. -Su expresión se transformó en una terrible mueca que no supe interpretar-. No sé si fue ella o no, Jorge. Dios sabe que no quiero ni pensarlo. Pero es un hecho que ha ganado con esto más que nadie, y sé que, en realidad, se alegra.

Volví a guardar silencio. Pensándolo bien, el señor Ozáez tenía razón. La nueva viuda había tenido una manera extraña de expresar su pena. Cada día que había aparecido en comisaría lo había hecho con una expresión neutra, que nada tenía que ver con el sincero dolor que expresaba el señor Ozáez. Además, solo se había acercado cuando mi tío, el inspector, la había hecho llamar.

-Y hoy, en plena ceremonia... -Continuó el hombre-. ¿No la has visto? Parecía como si se quitara un peso de encima.

Volví a darme dio cuenta de que Ozáez estaba en lo cierto. Me pareció recordar incluso haberla visto reírse mientras hablaba con alguien.

-¿Van a culparte a ti? -pregunté con timidez.

Él suspiró, volviendo a mirar a la tumba.

-No lo sé, Jorge. No tengo cuartada-. Sonaba derrotado. El corazón se me llenó de angustia. ¿No veían lo triste que estaba? ¿Cómo podría alguien fingir tanto dolor? Era muy injusto.

El señor Ozáez sufría por su amigo, y mientras Ana andaba libre, riendo...

-¡Ana tampoco tiene una! -me dio igual revelar ese secreto-. No pueden encerrarte. ¡Hablaré con mi tío, puedo convencerle!

Me fui corriendo. No vi la sonrisa satisfecha de Ozáez.

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