Mi oficio es extraño. Ofrezco un servicio de lo más peculiar y, sin duda, mucho más atractivo que otros colegas de profesión. Soy el guía del cementerio, aunque no es que tenga un contrato fijo con la entidad. Digamos que espero en la puerta e invito a pasar a aquellos curiosos que asoman su cabeza por la verja. Puedo asegurar que nunca he tenido una mala crítica en internet, y eso que pido el pago por adelantado.

Los camposantos son fascinantes, y este lo conozco como la palma de mi mano. Una mano algo delgada y huesuda, por cierto. Claro está que no gano tanto como cuando llevaba otra vida, pero da para mis gastos. Además, tampoco tengo tantos. Soy un tipo frugal.

Y listo. Gracias a mi portentosa memoria y simpar inteligencia deduzco que hoy llegará a mi sitio de trabajo un conocido al que hace mucho que no tengo el gusto de saludar. Casi de noche aparece acompañado de quien, supongo, es su actual pareja. Un moreno bien vestido y con el pelo engominado. No es mi tipo, y nunca imagine que fuera el suyo. No soy un hombre celoso. Solo me sorprendo de las vueltas que da la vida.

—¿Puedo ofrecerles un tour guiado por este sagrado lugar?

Les abordo en cuanto pasan por la portezuela. Ambos se resguardan bajo el mismo paraguas. Qué idiotez. Lleva todo el día lloviendo sin parar y es mucho más práctico que cada uno lleve el suyo. No veo el romanticismo en que uno se cale la mitad derecha del cuerpo y que el otro se empape la mitad izquierda.

—No, gracias —contesta de manera educada aunque pone una mueca de asco. No me ha reconocido. El pelo y las uñas largas, la delgadez… Imagino que no puedo culparlo.

—Hoy hago descuentos a las parejas de enamorados —insisto—. Por ser San Valentín.

—Venimos a visitar al padre de mi marido. Si nos disculpa... —Apretaron el paso hasta dejarme atrás.

No sé si fue el tono, o que contestará aquel maniquí engreído, pero no puedo contenerme.

—¡Entonces, dad recuerdos a Francisco!

Los dos giran sobre sus talones.

—¿Cómo se atreve? —El chulo de gimnasio da dos pasos hacia mí—. ¿Cómo sabe el nombre de mi suegro?

—¿Eres tú, Pedro? —¡Por fin!— ¿Cómo es posible, tras aquel accidente? —Sin duda guardo algo de mi atractivo bajo estas sucias ropas—. Esas llagas en la cara, esa cojera… ¿Qué te ha pasado?

—La vida. —Echo a correr hacia ellos.

Salto sobre el pecho del musculitos y los dos caemos al suelo. Abro la boca de manera imposible y le enseño mis filas de dientes desiguales. Emito un ruido atroz. Se zafa de mí, justo como yo quería, y enfila hacia la salida, asustado como el niñato que es.

—¿Qué eres? —El amor de vida llora inmóvil.

—El honrado guía del cementerio. Vivo aquí. —Me acerco a su cuello, lo huelo y lo muerdo, atravesando carne y músculo—. Y, ahora, tú también.

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