—¡Princesa!—clama él bajo la torre.

Ya me ha vuelto a encontrar. No he conocido jamás a un caballero tan insistente. Castillo, tras castillo se empeña en darme caza como si fuera una pieza que disecar y colgar en las paredes de su fortaleza.

No hay manera de que me deje tranquila. He puesto todo lo que he podido de por medio: hechiceros, nigromantes, ogros, krakens, dragones, quimeras, ¡Todo! ¡Y él ha ido venciéndolos uno por uno como si yo necesitara que viniera a rescatarme!

Algunas personas no quieren entender las indirectas, ¿ves ese demonio que escupe fuego que he plantado en la entrada? Está ahí para que no llegues hasta mí, muchas gracias. Me ha costado un ritual de dos noches y un sacrificio de sangre nada bonito para que ahora venga el señor caballero de brillante armadura y lo destroce a espadazos. ¿Qué tiene que hacer una para que la dejen sola?

Ahí está, en la puerta del torreón más seguro que he encontrado. Se quita el yelmo y sacude la cabeza con sus rizos rubios empapados de sudor. Repulsivo, de verdad. Sólo me queda una opción.

Es una medida desesperada, pero prefiero distorsionar el espacio-tiempo antes de dejar que este energúmeno me clame como esposa. Dentro del armario guardo la máquina del tiempo que mi amante el Alquimista inventó para mí. No sé adónde me llevará, pero la acciono y desaparezco.

Mi dulce caballero debe estar ya desesperado por encontrarse siempre torreones vacíos.

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